cuando se piensa que todo es el total y nada es la ausencia

En las tardes cuando no estás y el martillo ruso se escucha destrozando una pared en el muro que separa nuestros pensamientos 

Pienso que lo sé todo, que lo que hago es lo mejor y que las lechugas las desinfecto de manera inigualable y que mi baile imitación Cantinflas se merece el Oscar y el Ariel y la abuelita de Batman.

Que las conferencias que doy son inigualables y que nadie hace lo que yo sé:  hacer un té negro con leche de coco insuperable.

De pronto me encuentro con un triceratops en la mesa que me regresa a la nada, al miedo, a la humildad del maíz y al color oscuro de la planta de mis pies apestosos, encuentro que no me sé vestir del todo y que olvido un calcetín o que se me hechan a perder los guiones  que publicaré en la Pinky de Guadalupe.

De pronto recuerdo que somos más pequeños que las hormigas y que las letras majestuosas las encuentras en el mercado y no en la biblioteca nacional, que lo elemental no es sofisticado, que al amor no le importa la gordura y menos las reuniones que buscan cambiar al mundo.

De pronto veo en lo pequeño el amor profundo y en tus ojos encuentro la profundidad de la filosofía de la vida que no encuentro en ningún libro y menos en mis versos igual de apestoso que mis pies.

Hay ocasiones en que encuentro en la nada el todo y así regreso a la tierra donde nació y murió el triceratops que acompaña mi café oscuro.

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