Tormentas en las montañas. Esperanzas de vida.

a Leonardo, Paloma, Andrés y mi Paty

When you come out of the storm, you won´t be the same person who walked in. Thats what this storm is all about. Haruki Murakami

Cuando sales de la tormenta, no serás la misma persona que entró ahí. De eso se trata esta tormenta. Haruki Murakami

La Montaña se alzaba impenetrable, la oscuridad era la dueña de todo el contexto aunada con la neblina y la llovizna. Todavía faltaban diez mil metros por recorrer. Eran las 10 de la noche.

El viaje empezó a las cuatro de la mañana, el Chevy se portó de maravilla a pesar de su andamiaje. Pasé por vaselina y protector solar que era lo único que hacía falta para completar el viaje a los 100 km.

6 meses habían pasado para llegar aquí. Entrenamientos muchos, kilómetros acumulados, ánimos de la familia, madrugas subiendo la montaña y algunos días en casa y en el trabajo sin poder llegar a esa cita diaria con el entrenamiento.  Querétaro me acompañó fervientemente con sus parques, con sus colinas, con el cerro del Cimatario, durante esta travesía.

Llegué a San Antonio de las Alazanas, ya nos esperaba un camión para subirnos al punto de arranque, Monterreal, rodeado de un bosque de coníferas.

Empezó la cuenta regresiva. 150 corredores prendieron sus luces frontales y una pequeña roja en la espalda. Empezó la escalada. Todos, a reserva de los corredores experimentados, subimos caminando, nadie quería “tronarse”.

La oscuridad nos rodeaba, un poco de neblina hacia más místico el ambiente. Finalmente llegamos a un valle, hermosísimo. Se abrió un tapete de flores amarillas que llenaban de ilusiones hasta el más oprimido de los hombres. Muchos quisiéramos vivir en un lugar así toda la eternidad. Empezamos a trotar y algunos otros a correr.

Fotos por algunos lugares y un punto de hidratación, a llenarse de electrolitos.

Empieza la bajada y con ella algunas torceduras y un deslave. A frenarse y llenarse de lodo, casi hasta las rodillas… en un momento pensé que mis piernas no saldrían del fango. Más adelante a lavarse y a seguir.

El sol hace acto de presencia e ilumina los cientos de árboles de manzana. Vida pura. Pura vida.

Un compañero lastimado, va caminando despacio. Se torció un tobillo. Mi esposa, siempre al pendiente, me envío analgésicos y cremas hasta para picaduras de mosquitos. Entre ellas: árnica. El buen hombre la aceptó y seguimos adelante.

El camino que transitamos (los humanos) nos ofrece la posibilidad de alimentar nuestro espíritu, para vivir más plenos y  en equilibrio con nosotros mismos, con la naturaleza y nuestro entorno. Un buen libro, una charla filosófica y espiritual, una tormenta, una vuelta de timón para empezar una nueva vida. Correr brinda muchas de estas posibilidades. Nos enfrentamos con nuestro enemigo más grande, nosotros mismos.

Esta carrera de 100 km tenía una causa fundamental: recaudar fondos para mejorar la calidad de vida de Andrea Ethel que sufre de osteogénesis imperfecta 1.

En Jamé, km 50, me encontré con un señor en silla de ruedas, los años se reflejaban en su piel. La subida era empinada. Aceptó que lo llevará un par de cuadras. Una pierna amputada.  En ese momento la fortaleza del espíritu de mis hermanos – que no habitan esta tierra desde hace veintiséis años- se hizo presente.

En el punto de hidratación llegué fortalecido pero con piedritas haciendo ampollas en los pies. Comí un poco de pasta de coditos. Traté de quitarme los tenis. Imposible. El lodo se había convertido en barro. No me podía desabrochar las agujetas. La molestia en la planta de los pies se amplificaba. Mi avance se redujo.

Con ese dolor y con 50 kilómetros a cuestas mil dudas llegaron. Andrea Ethel hizo presencia, me tomó de una mano, en la otra llevaba su bastón y así me acompañó pacientemente. Algunos corredores amablemente me preguntaban si estaba bien. No podía apoyar los pies. Mis pasos eran lentos. Caminé con el objetivo de llegar al km 66 donde se encontraban limpios y frescos un par de calcetines, una playera y un par de tenis.

Recordé a toda la gente que ha ido tejiendo a Diego (quien escribe este desastre) con sus caricias, con sus licuados de energía, con sus besos, con la esperanza de que saldría adelante a pesar de la pérdida que tuve cuando mamá y mis hermanos dejaron este mundo. Cuando sólo veía neblina y la lluvia hacía grandes charcos, me daban palmadas de aliento. Los sentía en las yemas de mis dedos que tomaban mi mano fuertemente…me acompañaron en cada paso.

El chevy seguía calmo a la espera de su jinete en la llanura de las montañas. Eran las 6 de la tarde.

La inmensidad de las montañas y nuestra pequeñez perdida entre sus veredas me hacían recordar a Carl Sagan, somos polvo de estrellas.

Las emociones llegaban por todos lados, de pronto no encontraba fuerzas por ningún lugar. Las subidas interminables.

Km 80, todo parecía imposible, una lluvia inmensa había recordado lo frágiles que somos, pequeñas lesiones por todos lados, dolor en los muslos, pero el alma seguía impenetrable.

Cuando me preguntaban amablemente, ¿cómo te sientes Diego? ¿ si puedes?, faltando 20 km , con 15 de subida,   a las 9 de la noche, yo sólo decía: Sí, ¡me siento con madre!. Y sí, mi mamá Paloma siempre estuvo ahí, al igual que tantas otras mamás que la vida me dio: en Monterrey, en Saltillo, en SLP, en México, en Estados Unidos, en Inglaterra. Y tantos hombres- por supuesto mi padre- que me han forjado: sus letras, sus vidas, sus enseñanzas me empujaron a subir esa gran montaña.

En el kilómetro 90 sólo veía el pequeño espectro de luz procedente de la linterna de mi cabeza que iluminaba una parte de la inmensa oscuridad que nos abrazaba.

Empezó el descenso. Es lo mío, me dije. Las piernas tomaron fuerzas, el dolor se lo llevó el aire frío de las montañas. La meta se sentía más cerca. Un par de luces rojas denunciaban a unos corredores a la distancia.

Cierra con todo, me repetía un grillito al oído. Recordaba a mis hijos nadando en la escuela de natación Acuarela, mientras yo les gritaba desde las gradas: ¡cierra, cierra!. Ahora me tocaba a mí.

Las luces de las cabañas revelaban la meta. Aunque el frío de 3,300 metros sobre el nivel de mar se evidenciaba en el vapor que emergía de mi respiración, la sangre estaba caliente, las piernas tomaron un segundo aire. El cuerpo respondió cuando escuchó aplausos y ánimos.

Empezaron a sonar las sirenas. Anuncian aun corredor que está por cruzar la meta. Terminé fuerte. Sabía que estaba saliendo de la tormenta.

Después de recibir la medalla, la señora me dice: te ves muy bien hijo. Me sentí todavía mucho mejor. La tranquilidad y la paz llenaron todo mi ambiente. Un sándwich y agua acompañaron el sabor a triunfo que te abraza cuando alcanzas un objetivo o terminas un proyecto.

El Chevy me esperaba a 25 km. Lo encendí después de haber bajado en el camión que llevaba a los corredores de la zona boscosa al valle de San Antonio de Las Alazanas. Comí un poco de chocolate, cargué gasolina, era media noche. Saltillo me esperaba para curar las heridas. Los brazos y las piernas se portaron de maravilla, manejaron despacio, con precaución.

2:40 a.m. Hay experiencias que le abonan más vida a la vida, más esperanza al caminar y a la posibilidad de construir sueños. Estos 100 km son una de esas opciones  que cambian insospechadamente el ADN del espíritu.

El andamiaje del Chevy no pudo más. Por más que traté de revivirlo, con mis limitadísimos conocimientos mecánicos, tuve que tomar un taxi y dejarlo para pasar por él al siguiente día.

En la mañana a desayunar ilusiones con los tíos. Tortillas de harina y de trigo, huevito revuelto con salsa, té frío. ¿Qué más se puede pedir?.

Ha empacar maletas. Voy de regreso a Querétaro, me despido de las montañas de la sierra de Artega, les agradezco su calidez por dejarnos recorrer su piel.

La vida no son las carreras. Me queda claro. La vida es más que esto.

Somos mujeres y hombres que entramos tormentas por decisión propia o por las circunstancias del espacio, del tiempo. Y siempre salimos con otros ojos para ver la vida, otro corazón para amar y otra piel para enfrentar nuevas tormentas.

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Fotografías: Instituto Estatal del Deporte de Coahuila

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