Arte ayuda a reconstruir Tijuana

  • OMAR MILLAN

Todas las tardes Gabriel García Gutiérrez, de 16 años, cruza con su viola al hombro la colonia Camino Verde, un barrio de cañadas al este de la ciudad donde la comunidad construyó viviendas austeras desafiando la gravedad y las autoridades señalan que hay alta incidencia delictiva y pobreza alimentaria.

 

Gabriel es estudiante de bachillerato durante las mañanas, pero en las tardes es músico de una orquesta comunitaria y ensaya desde hace un año cuatro horas diarias en el Centro de Artes Musicales (CAM), una academia que ofrece a 600 jóvenes de clase media y baja clases gratuitas – a través de becas – de 17 instrumentos.

El centro cultural es parte de una fuerte apuesta que hizo esta ciudad, convencida de que la cultura puede ayudar a enmendar los daños causados por la violencia del narcotráfico en una urbe que fue escenario de una guerra entre dos carteles que alcanzó una virulencia tal que la gente casi no salía a la calle si no era imprescindible.

Los gobiernos locales -el estatal de Baja California y los dos últimos alcaldes de Tijuana- decidieron combatir lo que describen como un déficit de cobertura cultural en las periferias de la ciudad, principalmente al oriente, donde la infraestructura cultural estaba muy lejos de la población, sobre todo de los jóvenes.

“Hoy cerramos un capítulo de esfuerzo de muchas almas de promoción a la cultura y abrimos una etapa de esplendor, de espacio detonador de manifestaciones culturales y desarrollo de talentos”, dijo el gobernador de Baja California, José Guadalupe Osuna, en abril pasado durante la inauguración del Centro de las Artes de Tijuana (CEART).

Sin embargo la construcción de distritos de artes al oriente de la urbe por parte de las autoridades no es la mejor opción para restaurar la erosión comunitaria que causó la guerra contra el narco, opina Guillermo Alonso Meneses, investigador del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte (Colef).

Meneses dijo que la única forma de resanar y mejorar esas colonias tras el periodo de violencia “es con mejor sistema educativo, mejores trabajos y salarios, infraestructura de ocio, guarderías, zonas verdes, bibliotecas, con programas de inserción socio laboral, de fomento deportivo y artístico. Pero no con grandes centros (culturales)”.

El CAM, que también es la sede de la Orquesta de Baja California (OBC), el ensamble más prestigioso del noroeste de México, está situado al oriente de la ciudad, en el corazón de una docena de colonias (barrios) populares donde hubo cientos de asesinatos y tiroteos relacionados con el narcotráfico y donde hasta hacía tres años no existían museos ni centros culturales.

Hoy, no obstante, la zona oriental de la ciudad cuenta con el CAM y los recién creados Museo Ámbar y el CEART, además del museo infantil El Trompo (inaugurado en diciembre de 2008), todos ubicados en la Zona Río Tercera Etapa al este de la ciudad, que incluye a Camino Verde.

“Las familias se están modificando, hay una intervención comunitaria. Nosotros hicimos un estudio con la Universidad Iberoamericana (que publicarán en julio próximo) donde demostramos cómo está influyendo la música en las vidas no sólo de los muchachos sino también de sus familias, cómo han cambiado sus rutinas los fines de semana por llevar a sus hijos a los conciertos o los ensayos y también cómo ha mejorado el ambiente en sus casas. Hay más armonía y sus calificaciones han aumentado”, dijo Alma Delia Abrego, directora de la Fundación del CAM.

La Fundación del CAM mantiene el programa Redes 2025, un proyecto de educación musical que comenzaron con 25 jóvenes hace tres años diseñado para trabajar en torno al concepto de la música como un agente de cambio, promover un sentido de pertenencia entre los jóvenes y reforzar principios de convivencia. Actualmente tienen becados a 600 estudiantes.

Camino Verde, el barrio donde vive García Gutiérrez, tenía altos niveles de adicción a las drogas y desintegración familiar, y 258 familias tenían algún pariente purgando una pena de cárcel, según estimados del 2012 de la Secretaría de Desarrollo Social Federal (Sedesol).

El CAM, no obstante, les ofrece nuevos horizontes a los jóvenes de la zona.

“Ya no me veo haciendo otra cosa. Siento que he descubierto quién quiero ser”, dijo García Gutiérrez, quien es el menor de tres hermanos. Él junto a otros 729 jóvenes en la ciudad pertenecientes a una docena de orquestas comunitarias ofrecen cada mes un concierto público en el estado donde exponen parte de su aprendizaje.

La madre del muchacho, María de la Luz Gutiérrez, de 45 años, hace cien burritos diarios para vender afuera de una universidad, mientras que su padre, Daniel García, de 46 años, trabaja temporalmente en la construcción. Ellos ahorraron seis meses para comprar una viola a su hijo, quien a diferencia de otros adolescentes de su edad no les pedía ropa, ni videojuegos, ni celulares, ni MP3, sino un instrumento musical.

Para el fotógrafo y codirector del festival Entijuanarte Julio Rodríguez, instituciones de arte y cultura como el CEART o el CAM representan “un gran respiro para la zona este de la ciudad, un gran impulso hacia las artes en esa zona”, porque la oferta cultural estaba centrada principalmente en la zona Río Tijuana y el Centro.

Mientras que para el pintor Antonio Escalante, codirector del distrito de arte independiente PRAD, creado en el 2010 por un grupo de artistas en la delegación Centro, estos nuevos centros culturales representan una obra importante tanto para la comunidad artística como para la sociedad en general.

“Es necesario que existan este tipo de espacios, donde se promueve y se genera la actividad artística. Su ubicación me parece una buena estrategia; nuestra ciudad crece en población rápidamente y también debe crecer en opciones culturales y sobre todo de fácil acceso para todos los ciudadanos”, dijo Escalante.

La zona este de la ciudad ha sido la más afectada por la violencia del narcotráfico. Según la Secretaría de Desarrollo Social de Tijuana, esta área la conforman treinta colonias populares donde viven unas 800.000 personas, casi la mitad de la población total de la urbe.

Esos barrios, principalmente agrupados en las zonas El Florido y Mariano Matamoros, nacieron en los años 80 del siglo pasado cuando miles de emigrantes del sur de México invadieron los ejidos de lo que hasta entonces se consideraba la zona rural de Tijuana.

“Los índices de crecimiento de la ciudad eran muy altos, llegaban cada año 100.000 personas a la zona conurbana”, dijo Javier Castañeda, un político que fue secretario de Desarrollo Social Municipal y ha trabajado diversos programas sociales en esa área de la ciudad durante casi dos décadas.

Castañeda dijo que fue en los 90 cuando la zona este se comenzó a ordenar: se dotó a las principales colonias de luz, agua y drenaje, se crearon avenidas y oficinas municipales y estatales. Pero la migración los rebasaba.

“La zona este nació con parejas jóvenes, que no tenían hijos o tenían hijos pequeños, que llegaron ahí para forjarse un patrimonio. En la actualidad el grueso de la población son jóvenes de secundaria y preparatoria”, dijo.

Según la Secretaría de Desarrollo Social Federal, en la zona este de Tijuana 21.338 familias – al menos 150.000 personas – vivían en la pobreza en 2010.

La principal demanda social de la población de esa zona en los 90 era de primarias y preescolares. Actualmente la demanda es de secundarias y, sobre todo, de preparatorias (cursos preuniversitarios), de acuerdo a las autoridades.

En el 2012 sólo había cuatro preparatorias y quince secundarias al oriente de la urbe, además de cuatro unidades deportivas, dos de ellas en proceso de rehabilitación, para más de 250.000 adolescentes.

“El embudo natural se hizo muy duro contra los jóvenes que quieren seguir estudiando porque no hay opciones. Muchos no pueden pagar dos o tres transportes desde la zona este al centro de la ciudad para ir a una escuela”, dijo Castañeda.

Esta combinación de expectativas, aunada a la disminución de oportunidades para los sectores de menor educación y la crisis económica que generó un alto desempleo, han sido un coctel explosivo muy apto para que el crimen organizado aumente su ejército, según ha señalado el procurador de justicia del estado, Rommel Moreno.

Asesinatos de adolescentes y jóvenes fueron comunes de 2008 a 2012 en esta ciudad, cuando hubo una guerra intestina de dos facciones del crimen organizado que se disputaban el control del trasiego y venta de droga.

La PGJE registró en Tijuana durante esos años 3,167 asesinatos, casi una centena de desaparecidos y más de cien secuestros. Aunque cifras extraoficiales de organismos no gubernamentales estiman que hubo casi 500 desaparecidos y decenas más de secuestros. Aproximadamente la mitad de las víctimas eran personas menores de 26 años.

En los últimos dos años del sexenio del presidente Felipe Calderón (2006-12), los asesinatos ligados al narco en Tijuana bajaron considerablemente tras el arresto de varios traficantes, una “limpieza” en la policía y una eficiente coordinación de los operativos de las instituciones militares y policíacas. Aun así, la PGJE reportó 476 homicidios en 2011 y 364 en 2012, el 80% de ellos ligados al narco.

El tejido social más afectado durante ese periodo fue la zona este de Tijuana debido al gran número de barrios marginales, el desarraigo, el rezago de servicios públicos y la falta de parques, unidades deportivas, bibliotecas, escuelas y museos.

“Nuestra intención es llegar a la comunidad inmediata de referencia en la zona este de la ciudad, donde la oferta académica de arte es insuficiente”, dijo Vianka Santana, directora del CEART Tijuana, un bello complejo arquitectónico moderno que consta de cuatro edificios situados en un espacio de dos hectáreas que cuenta con un inmueble de artes plásticas, otro de artes escénicas, una galería y un edificio que comprende el área administrativa y la cafetería.

El CEART ofrece cursos y talleres dirigidos a niños, jóvenes y adultos sin experiencia previa en el arte; además de profesionalizar a jóvenes creadores recién egresados de carreras de arte o pertenecientes a ensambles artísticos independientes.

Pero para el investigador del Colef, Meneses, aún con esta nueva oferta cultural habrá una población – aquella que vive en los barrios cercanos al bulevar 2000, una carretera libre que conduce al municipio de Playas de Rosarito que ha tenido un crecimiento importante de colonos – que pisarán pocas veces esos museos y centros de arte.

“Por supuesto que las actividades artísticas y culturales ayudan a insertar, pero son más importantes las expectativas laborales y la posibilidad de ganarse la vida dignamente. También está la cuestión de las adicciones, de la violencia multifacética, de la formación profesional. En mi opinión, los grandes templos de la cultura, por sí solos, poco van a remediar las heridas sociales, las tragedias humanas del oriente de Tijuana. (Se) Necesita un tejido de políticas y medidas, inversiones y programas que están lejos de ser llevadas a cabo”, dijo Meneses.

“Mucha gente del este de la ciudad por primera vez está entrando a un teatro o a una galería y está cambiando. Muchas veces en el CECUT (la institución emblemática de cultura en Tijuana situada en el distrito Centro de la ciudad) hicieron estudios de impacto social y se dieron cuenta que después de la 5 y 10 (el crucero donde comienza la zona este de la ciudad) el CECUT no existe. Realmente había una gran necesidad de una infraestructura cultural en este lado de la ciudad”, dijo Alma Delia Abrego.

Fuente: http://noticias.terra.com.pe/internacional/arte-ayuda-a-reconstruir-tijuana,71d10699fa0cf310VgnCLD2000000ec6eb0aRCRD.html

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