Los últimos días de Neruda… excelente artículo

“Desde que Pablo bajó del avión le dije a Sergio: ‘Pablo viene a morirse a Chile’”.

Las palabras son de la abogada Aída Figueroa, ex subsecretaria del Ministerio del Trabajo de Salvador Allende, señora de Sergio Insunza, quien a su vez fue el último ministro de Justicia del gobierno de la Unidad Popular. Ambos, entrañables amigos del poeta desde 1948.

La escena es del 21 de noviembre de 1972, cuando Pablo Neruda vuelve a Chile desde la embajada de París para realizarse una serie de chequeos médicos, reencontrarse con el país tras haber ganado el Nobel de Literatura en 1971 y trabajar en una serie de libros.

“Pablo se muere en poco tiempo, así que tenemos que organizarnos para ir a verlo”, le repitió Aída a su marido, según recuerda hoy en su departamento en Las Condes.

Su declaración se une a las muchas que han surgido últimamente en torno a la muerte del poeta. La polémica se desencadenó tras las declaraciones de su chofer, Manuel Araya, quien dijo en 2004 que el poeta no murió de “cáncer prostático metastizado”, según dice el parte de defunción, sino que -según él- fue envenenado por medio de una inyección mientras estuvo en la clínica Santa María entre el 19 y el 23 de septiembre de 1973.

Maniel Araya ha sido entrevistado por varios medios internacionales y existe una investigación judicial desde 2011 encabezada por el juez Mario Carroza, quien ordenó exhumar los restos del poeta, lo cual se realizará a mediados de abril, para determinar si hubo causas externas en su fallecimiento.

La última rutina

El regreso de Neruda a Chile a fines de 1972, mientras aún era embajador, se debió en gran medida a sus problemas de salud. Pero estos habían comenzado tres años antes.

En 1969 el poeta le comentó a su amigo, el médico Francisco Velasco, sobre sus molestias a la próstata. Según recoge el libro del periodista español Mario Amorós, Sombras sobre Isla Negra -quien investigó un año sobre el poeta- el 12 de julio de 1969, día en que Neruda celebraba su cumpleaños 65, le confesó a Velasco de sus dolores y este lo consignó en el libro Neruda, el gran amigo en 1987 y que Amorós cita en el suyo.

-Casi al final de la fiesta, me llamó discretamente aparte para contarme que se sentía enfermo y preocupado por unas molestias que experimentaba al orinar, cosa que nunca antes había sufrido. Estaba realmente afligido y temeroso. Le aconsejé que fuera a consultar a un buen urólogo en Santiago, y así lo hizo (…) a los pocos días me llama por teléfono para comunicarme que había visto al doctor Vargas Zalazar, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. Le había efectuado un prolijo examen y le encontró la próstata ligeramente aumentada de volumen, pero palpó un nodulillo duro “que no le gustaba nada” y tenía que controlarse en un mes más. Pasaron las molestias, se sintió bien y no volvió al control.

El calor de la campaña presidencial que llevaría a Salvador Allende a La Moneda en 1970 conspiró para que Neruda le restara importancia a sus tempranos achaques prostáticos y para que se realizara un tratamiento más agresivo. El poeta recorrió todo el país haciendo campaña. Posteriormente, el doctor Zalazar comenzó con un tratamiento que consistía en aplicarle bomba de cobalto. Pero, según su amigo Francisco Velasco, así como la propia Matilde Urrutia, esposa del vate, aseguran que él nunca quiso aceptar que podría tener cáncer y que se autoengañaba diciendo que era para el reumatismo. “Tú sabes que ahora se usa para el reumatismo, es lo más eficaz, y no solo se le aplica a los cancerosos, como la mayoría de la gente cree”, le dijo a Velasco.

Tras el triunfo de Allende, Neruda partió a París como embajador. Acompañado de Matilde y de su hermana Laura Reyes, el poeta compró una casa en la Normandía y la decoró con su particular estilo lleno de caracolas, mascarones y grandes ventanales para que entrara la luz y el sabor del mar. La llamó La Manquel.

Durante su estadía en Francia, la salud del poeta fue empeorando. Las noticias llegaron a oídos de Allende, quien le pidió a su subsecretario general de Gobierno de entonces, Sergio Insunza, que lo fuera a ver. Aída recuerda.

-Sergio fue a una reunión a Cuba y ahí recibe un llamado de Allende donde le dice que se vaya a París a ver a Pablo. Él estaba en La Manquel. Convive con Pablo unos días y conoce su casa, la cual se impregna de la personalidad de Pablo. Se compra un auto, un Citroën que hasta hoy está en la Fundación. Pablo está con su secretario, Homero Arce, quien trabaja en todo lo que le dicta. Pablo quería terminar siete libros antes de cumplir los 70 años, en 1974. Además, ve cómo recibe muchas visitas importantes, Cortázar y otros escritores. En 1971, a mitad de año, lo fui a ver yo. Estaba en una reunión de la OIT, en Ginebra, como subdirectora del Trabajo. Tomé un tren a París y estuve unos días en la embajada. Yo vi mal a Pablo. Estaba yaciendo, estaba más en cama que en pie.

Cuando Neruda regresa a Chile, Matilde Urrutia niega que se deba a su enfermedad. En una entrevista a El Nacional, de Venezuela, el 23 de noviembre de 1973, afirma que “mucho se ha especulado que Pablo se vino porque estaba enfermo. No es así. Estaba muy bien en ese momento”.

Su visita a Chile, que en principio se debió a un homenaje en el Estadio Nacional el 5 de diciembre de 1972 con motivo de su premio Nobel, le permitió al poeta darse cuenta de la álgida situación política por la que atravesaba el país. Muchas de estas impresiones están consignadas en cartas a Jorge Edwards, agregado cultural en París recogidas, en Sombras sobre Isla Negra.

-El país está indefinible como lo ha sido siempre. Los momios han llegado a una insolencia rayana en lo criminal. (…) En cuanto al abastecimiento, lo que te conté en la carta anterior, sigue igual aunque algo mejor. Todo el mundo se las arregla para las vituallas, mientras los momios practican el acaparamiento en forma gigantesca.

Según cuenta Aída Figueroa, y muchos de los cercanos al poeta, su regreso a Chile, y particularmente a Isla Negra, le dio nuevos bríos a su vida. El contacto con el mar, con las comidas y con los amigos le dio un impulso, pese a que sus molestias persistieron. En carta fechada el 5 de febrero de 1973, presentó su renuncia como embajador y le planteó a Allende sus deseos de quedarse en Chile para dedicarse a la poesía y la lucha revolucionaria. Decidió instalarse en Isla Negra y no en La Chascona, ya que sus problemas para caminar, producto de una flebitis, le hacían imposible habitar la residencia de Bellavista dado que tenía muchas escaleras.

Su rutina comenzaba a las 7 de la mañana, escuchando noticias y trabajando en su autobiografía y en otros libros. También mantenía contacto con sus amigos, ya sea por teléfono o con visitas.

Iris Largo rememora algunos de esos momentos. Viuda del escritor José Miguel Varas, premio nacional de Literatura 2006, junto a su marido eran grandes amigos del poeta Pablo Neruda.

-En el último tiempo, previo al golpe militar, José Miguel conversó muchas veces por teléfono con Pablo. Era cosa de casi todos los días que a las 7 o 7 y media de la mañana llamara el poeta. Su preocupación principal era la situación política y de gran inestabilidad que afectaba al país. Pablo escuchaba radios de todo el mundo y él mismo a veces le informaba a José Miguel de lo que se comentaba ya en el exterior. Otro tema era la visita que haría a Isla Negra José Miguel con Fernando Alegría y alguien más para hacerle entrega de los primeros ejemplares de Canción de gesta, el último libro que le editara Quimantú. Esa visita estaba programada para el martes 11 de septiembre de ese año. Su salud era ya bastante precaria. La última vez que fuimos con José Miguel, dos o tres meses antes del golpe, nos recibió en su dormitorio, en cama. No podría decir que estaba permanentemente acostado, pero, como la propia Matilde nos dijo después, su salud empeoró de una manera importante después del golpe.

Aída Figueroa también visitó al poeta en Isla Negra junto a Sergio Insunza. “Fue un viernes después del trabajo. Sergio tenía chofer con auto, así que nos íbamos por el fin de semana. Él empezó a sufrir mucho dolor, pero no quería doparse para no dejar de escribir. Quería producir todos los libros con ocasión de su cumpleaños 70. Trabajaba tenazmente”, recuerda la abogada.

“Me duele todo el cuerpo”

El 14 de abril Matilde Urrutia viaja a París para vender La Manquel y mandar a Chile los libros y demás pertenencias del poeta. Estuvo cinco semanas en Europa y durante ese período Neruda le escribe regularmente a su “Patoja”, como cariñosamente la llamaba.

En el país, la agitación social era creciente y Neruda seguía ávidamente el acontecer nacional. El poeta se decide a grabar un discurso donde se opone férreamente a la posibilidad de un conflicto interno. Es difundido el 28 de mayo de 1973. “Neruda tenía en su memoria la guerra civil española, algo que vivió y sufrió desde joven y vio cómo muchos de sus amigos poetas murieron”, cuenta desde España Mario Amorós.

Agrega que el 11 de septiembre, a las 7 de la mañana, Jose Miguel Varas llama a Neruda para informarle las últimas novedades del país. Neruda ya estaba despierto. Varas recuerda la conversación en el libro Tal vez nunca, citado por Amorós. “Le dije que la Armada había iniciado un golpe militar en Valparaíso. Era lo que se sabía hasta ese momento. La situación se ve grave -continué-, muy grave. Es difícil que pueda ir hoy a Isla Negra con Fernando (Alegría). Mejor dicho, no es posible. Tal vez más tarde. Pablo Neruda fue más concluyente y profético: ‘Tal vez nunca’”.

Luego de eso, el poeta escuchó en la radio el último discurso de Allende y supo del bombardeo a La Moneda. Matilde contó en una entrevista un año después cómo fueron esas horas.

-Pablo reaccionó de una forma que no hubiera soñado jamás. Él era un hombre recio, muy fuerte, pero esto lo aplastó completamente. Por vez primera no quiso almorzar y no había nada que lo pudiera distraer de oír noticias. Mandó al chofer a buscar periódicos y todo lo que pudiera traerle para saber más detalles. Trató de comunicarse con algunos amigos en Santiago, pero ellos estaban ya encarcelados o escondidos y no pudimos comunicarnos con nadie.

Iris Largo recuerda: “En los días siguientes al golpe hablé varias veces con Matilde siempre con algún recado para José Miguel. Me comentaba lo afectado que estaba por lo que pasaba en el país. Ella quería que fuéramos a visitarlos el 18 de septiembre, lo que era, sin duda alguna, imposible”.

Su salud empeoró cuando supo, en la tarde, que Allende había muerto, tras oír la noticia en una emisora de onda corta argentina. “Esa noticia lo aniquiló”, recordaría tiempo después Matilde Urrutia. Según consta en Sombras sobre Isla Negra, el doctor Vargas Zalazar llamó ese día y le dijo a Matilde que sería prudente que lo trasladaran a Santiago. Pero había toque de queda y era imposible viajar.

Ella envió al chofer, Manuel Araya a la comisaría de El Quisco para conseguirle un salvoconducto a la enfermera Rosa Núñez para que fuera a cuidar al poeta. La gestión fue negativa, así que tuvieron que ir a buscar a Núñez en medio de la noche, a escondidas. Neruda se estabilizó un poco, pero su situación de salud seguía siendo grave.

El 14 de septiembre se escucha ruido en el exterior y Manuel Araya irrumpe en la casa gritando: “¡Es un allanamiento!” Efectivamente, un contingente de militares se apostó en las afueras de Isla Negra con órdenes de inspeccionar la casa y sus alrededores. Neruda estaba en cama, mantuvo la calma y le dijo tranquilamente al oficial a cargo: “Cumplan ustedes con su deber, la señora los acompañará”, según consta en el libro de Jorge Edwards, Adiós poeta.

La búsqueda también se realizó en el jardín. Al parecer en busca de armas. Según consigna Edwards, Neruda se dirige al oficial al mando y le dice: “Busque, nomás, capitán. Aquí hay una sola cosa peligrosa para ustedes”. “¿Qué cosa?”, le preguntó. “¡La poesía!”.

La prensa internacional especula sobre la salud del poeta. Incluso algunos medios europeos lo dan por muerto. Matilde y el doctor Vargas Zalazar logran que sea trasladado a la Clínica Santa María, lo cual ocurre el 19 de septiembre.

El embajador de México en Chile, Gonzalo Martínez Corbalá, le envía una nota por especial encargo del Presidente de México, Luis Echeverría, donde le dice que cuenta con la hospitalidad de México y que tienen un avión a su disposición.

En principio la idea es desechada por el poeta porque no quería ser visto como alguien que huye y deja a su pueblo. Matilde le cuenta algo que el poeta no sabía, que La Chascona había sido allanada y destruida por los militares. Eso, junto con insistir en que afuera podría recibir un mejor tratamiento médico termina por convencerlo de partir. La idea inicial era viajar el 23, pero Neruda dice que sería mejor el 24 y le pide a Matilde que vaya a Isla Negra a traer algunas cosas que quiere llevar consigo. En esos días en la Santa María recibe varias visitas. Una es la de Iris Largo.

-Fui a visitarlo el domingo 23 de septiembre, como a las 2 de la tarde. Organicé la visita con María Teresa Castro, una fiel amiga que por esos días manejaba un taxi. Ella me esperó en la calle, frente a la clínica, por lo tanto, la visita fue corta. Matilde estaba con Laura, hermana de Pablo, quien se veía muy acongojada y otra persona, no recuerdo bien si era la escritora Teresa Hamel. Matilde me contó que habían estado en la mañana un par de amigos y estaba muy preocupada porque le había pedido a su chofer que fuera a buscar algunas cosas y no había regresado hasta ese momento.

Iris Largo recuerda que la pieza era más bien pequeña y que detrás de un biombo yacía el poeta. “No pude verlo, por cierto; sólo se escuchaban sus quejidos roncos y su respiración entrecortada. Matilde me dijo: ‘Está muy mal’. Me despedí de ella, anotándole en un papel el número de teléfono de la casa de Alicia Greve, la leal amiga, que nos había dado refugio con mis dos hijas y mi madre el mismo 11. Le dije que me llamara si necesitaba algo. Ese mismo domingo en la noche me llamó y con voz entrecortada me dijo: ‘Se nos fue Pablo, avisa a quien puedas, pues estos militares pueden hacer cualquier cosa’. Estuve llamando por teléfono a mucha gente”.

El día anterior, el sábado 22, fue el día en que Neruda recibió más visitas. También el día en que se enteró de muchas cosas que le habían callado. Como los secuestros y la muerte de varios de sus amigos. Fueron hechos que, según quienes lo vieron, lo destruyeron anímicamente.

El diplomático sueco Ulf Hjertonsson, quien fue embajador en Chile entre 1967 y 1970 y quien cultivó una gran amistad con el poeta, telefoneó a Matilde Urrutia el viernes 22 de septiembre en la noche para decirle que lo iba a ir a visitar al día siguiente. Desde Suecia relata cómo ocurrió ese episodio.

-Llegué a eso de las 5 de la tarde. Me encontré con Matilde y con Laura, ambas muy desconsoladas, llorando. Hablé un poco con ellas. Ese mismo día lo había visitado también Nemesio Antúnez. Estuve como media hora con él. Lo encontré muy decaído y enfermo. Estaba muy preocupado por lo que estaba pasando con todos su amigos. Se veía desconsolado. Me pidió que intercediera por muchas personas, entre ellas por Volodia Teitelboim. Sabía lo que le había pasado a Víctor Jara y que muchos de sus amigos estaban siendo detenidos y enviados a isla Dawson. Estaba muy emotivo, lloraba.

Hjertonsson dice que Neruda le contó que estaba la invitación del Presidente mexicano y que quedaron de verse al día siguiente. “Pensaba ir en la mañana pero en la embajada estaba muy ocupado con todos los trámites para las personas refugiadas. Fui en la tarde, pero no pude verlo, me dijeron que estaba en coma”, recuerda. Aída Figueroa, como miembro del P. Comunista, junto a su esposo e integrantes del gobierno de Allende, también vivió lo suyo esos días.

-Yo tenía a Sergio clandestino, estábamos con el problema de las persecución esos días y no atiné ni a llamar a Isla Negra, ni Sergio tampoco. Pero mi hermano, Cucho (Agustín) Figueroa, sabía todo y me dijo que habían traído a Neruda a Santiago. El sábado tomé el auto y me fui a la clínica. Debo haber llegado como a las 10 de la mañana. Subí a la habitación 406. Estaban Homero y Laura. La Matilde había viajado a Isla Negra. Entro a la pieza, no hice gesto ni de lamentación ni de angustia. Le dije “Pablito” y le tomé la mano. Él me ve y me dice, “Aidita”, con voz muy baja. Yo me le acerco por el lado.

-¿Cómo está Sergio? -me pregunta.

-Está bien Sergio, Pablito, no te preocupes. No hay ningún peligro en este minuto, está en la casa de un amigo. Estamos tranquilos, no te preocupes.

-¿Y que es de la Payita?

-De la Payita no sé, Pablo, pero yo sé que salió de La Moneda viva.

-¿Y la periodista…? (que así la llamaba él a Mireya Baltra).

-Me dicen que anda cambiándose de peluca y subiéndose a las micros.

-Me duele el cuerpo entero, Aidita, me duele desde la punta del dedo gordo al pelo, no puedo moverme. Solo la Patoja me puede mover las piernas y cambiarme de posición.

Lo que a Aída le llamó más la atención es que no estaba conectado a ningún transfusor, a nada, pese a lo mal que estaba. “Pablo ya tenía disnea, respiraba entrecortado. Él llegó desahuciado”.

Aquella noche Matilde tuvo la misión de tranquilizar al poeta ante las terribles noticias que recibió. Pero fue en vano. De lo que se sabe, tanto por las declaraciones de la propia Matilde como del doctor Vargas Zalazar, la madrugada del 23, Neruda cae en estado comatoso y empeora a cada momento. Según el libro de Amorós, Vargas Zalazar le dice a Hernán Loyola, otro gran amigo del poeta: “Es difícil que supere esta crisis”.

A las 10 y media de la noche deja de respirar. El doctor Vargas ya se había retirado y al día siguiente emite el acta de defunción.

Sin saber nada al respecto, Aída Figueroa llega a la clínica el lunes 24. “Encontré a Pablo muerto, en una camilla en un pasillo al lado de la capilla. Con Matilde y Laura ayudamos a ponerlo en el cajón que estaba en el suelo. He visto unas fotos en que yo le estoy arreglando las manos en el ataúd. El amor que yo tuve por Pablo es sólo comparable al amor que tuve por mi padre, es distinto del amor que he tenido por mi marido pero que tal vez pueda llegar a tener cuando lo veo desamparado porque está bastante mal de salud, o el amor que tuve por Salvador Allende”.

Aída dice que abrazó a Matilde y a Laura, y las acompañó en el dolor. Y no olvida lo que la mujer del vate le dijo: “Estuve hablando con él todo el tiempo y no te puedes imaginar las cosas más lindas y maravillosas que me dijo”.

“Estaba muy preocupado por lo que estaba pasando con todos su amigos. Se veía desconsolado”.

Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/cultura/71489.html

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s